Domingo XVIII T. Ordinario. A

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28 julio, 2020

Mt 14,13-21.

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.» Jesús les replicó: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.» Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.» Les dijo: «Traédmelos.»
Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

 

... Los Evangelios nos dibujan el rostro de Jesús. Después de un breve silencio, mira a Jesús. Necesita estar solo, encontrarse con su Padre, y a la vez, ve el gentío, le da lástima y cura a los enfermos. Jesús, hizo de la comida, un signo importante de su vida. “Pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos”; los discípulos se los dieron a la gente. Recibe a Cristo en la Eucaristía, y cuando te reúnas con los tuyos, cuida las comidas, la escucha, la mirada, si puede ser, sin móviles, comparte algo de tu ser. En estos tiempos recios, es una oportunidad. Agradece el bien que sigue moviéndonos y levantándote cada día. Y después de mirarle, pídele, que imprima en tí sus actitudes.

Lee, medita, ora, contempla.