IV Domingo de Pascua. Buen Pastor

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El tema del Buen pastor aparece de modo relevante en este cuarto domingo de Pascua.

La imagen del Buen Pastor, que se comprendía fácilmente en el tiempo de Jesús y que era frecuentemente usada en la Biblia, aparece aquí como una traducción concreta de cuanto ha sucedido en el misterio pascual: Cristo nos ha recogido de los pastos de muerte por donde nos habíamos dispersado, nos ha reconquistado para el amor de Dios, nos ha llevado a la plenitud de la comunión con el Padre.

“Aquel Buen Pastor que dio su vida por las ovejas salió a buscar la oveja perdida, por las montañas y colinas donde tú (hombre) ofrecías sacrificios a los ídolos. Y cuando encontró la oveja perdida, la cargó sobre sus hombros -sobre los que había cargado también el madero de la cruz- y así la llevó nuevamente a la vida eterna” (San Gregorio de Nacianzo)

Cristo en la liturgia de hoy se llama a Sí mismo no sólo “el pastor”, sino también “la puerta de las ovejas” (Jn 10, 7).

De este modo Jesús combina dos metáforas diversas, particularmente expresivas. La imagen del “pastor” se contrapone a la de “mercenario”, y sirve para subrayar toda la profunda solicitud de Jesús por su grey, que somos nosotros, hasta el punto de darse totalmente a Sí mismo por nuestra salvación: “El buen pastor da la vida por las ovejas” (ib., 10, 11). En esta línea se expresará también la Carta a los Efesios: “Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella”(Ef 5, 25). Nos corresponde a nosotros reconocer en El al único Señor nuestro y seguir “ voz” (Jn 10, 4), evitando atribuir estas características a cualquier mercenario humano, al cual, en definitiva, “no le importan las ovejas” (ib., 10, 13), sino sólo el propio interés.

Y esta reflexión nos prepara para entender también la otra imagen de la “puerta”. Dice Jesús: “Quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos” (Jn 10, 9). Con estas palabras afirma lo que después anunciarán los Apóstoles: “Ningún otro nombre nos ha sido dado… entre los hombres por el cual podamos ser salvos”(Act 4, 12). El es nuestro único acceso al Padre (cf. Ef 2, 18; 1 Pe 3, 18). Y en El toda nuestra vida encuentra su más auténtica libertad de movimiento: todo esto tiene implicaciones concretas para nuestra existencia cristiana.

Ante todo, es necesario reforzar continuamente nuestra unión con Cristo Buen Pastor, y hacerlo en cada circunstancia de nuestra vida: tanto cuando nos hallamos junto a las “aguas tranquilas”, como cuando nos encontramos “en un valle oscuro”; efectivamente, El es siempre nuestro Pastor, y nosotros debemos ser también siempre ovejas de su propiedad.

En el lenguaje de la Biblia el verbo «conocer», a menudo es sinónimo de «amar». De hecho, un judío conoce con el corazón. Si buscamos en qué otra ocasión usa Jesús esa misma comparación, encontramos precisamente esta: «Como el Padre me amó, así os he amado yo; permaneced en mi amor» (Jn 15,9).

Y Amado Nervo, hablando del Buen Pastor dice:
“Pastor, te bendigo por lo que me das.
Si nada me das, también te bendigo.
Te sigo riendo si entre rosas vas.
Si vas entre cardos y zarzas, te sigo.
¡Contigo en lo menos, contigo en lo más,
y siempre contigo!”

 

 

 

 

rezandovoy

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