XXXII Domingo del T. O. Ciclo C

Ora 30′. Oraciones disponibles aquí.
4 noviembre, 2019
Ora 30′. Oraciones disponibles aquí.
11 noviembre, 2019

Lc 20, 27-38.

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.» Jesús les contestó: «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.”

 

A una mujer siete veces viuda y nunca madre la presentan a Jesús como una caricatura de su fe en la resurrección. Lo sabemos, no es fácil creer en la vida eterna. A lo mejor porque nos la imaginamos como duración infinita, más que como intensidad y profundidad, no como descubrimiento infinito de lo que significa amar con el corazón mismo de Dios. “Aquellos que resuciten no tomarán mujer ni marido”. Y, aun así, viven el gozo humanísimo e inmortal de dar y recibir amor: en esto se basa la felicidad en esta y en toda vida. La resurrección es una semilla en nuestras vidas, que lo trasforma todo con su luz.

Deja espacio a esta semilla, riégala y agradécela en cada momento. Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor. Es fe, para hoy.

Lee, medita, ora, contempla.