
Mt 10,37-42.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí.(…) El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»
Ese comienzo del Evangelio es duro. Son palabras difíciles, que suenan exageradas, que parecen chocar con la fuerza de los afectos que constituyen la principal felicidad de esta vida. Jesús, no es una relación más, es ese amor que me da cada día fuerza para vivir. Pero el elemento comparativo de las expresiones de Jesús reside en el verbo «amar más». Jesús no resta amores; los suma; apuesta por ellos, lo arriesga todo por el amor. «Amar más».
Agua fresca. Es decir, la mejor agua que tengas:una llamada telefónica a alguien que sufre, ceder el asiento a una persona mayor o cargada, una sonrisa al primer desconocido de la mañana, un café compartido.
Todos hemos recibido unos dones; de esta manera, Jesús comparte con nosotros, el proyecto del Padre, de hacer un mundo, más justo y humano. La parábola es el poema de la creatividad, la vida como don, no como un comercio. Es el tiempo de pasar del miedo a la colaboración, es un proceso, y Dios, es fuente de unificación, de transformación.
La única tristeza verdadera es no irradiar lo que se nos ha confiado. Si esta tristeza se convierte en anhelo y ese anhelo se convierte en acto, benditos nosotros. Así sea.
Catalina de Siena, recibió en oración palabras semejantes: «Hazte capacidad y Yo me haré torrente».
Lee, medita, ora, contempla.