

Lc 11,1-13.
Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos». Él les dijo: «Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación”»…

La belleza de tu salmo no es otro que el acorde de tu alma con tus pasos.
¡Cruza el umbral!
Te esperaba: en la mesa de luz inmaculada, brilla su vino y su pan.
No empeñes toda tu alma en que tu plegaria rime con la métrica limpia de lo exacto.
¡Si yo amara!
Sábete que tu falta la suple Dios:
-“¡Amaste!”, te dirá- ¡Aunque torpe, me buscaste!
Si por tus venas navegan
“amor, alegría, paz, comprensión, tolerancia y sencillez…”
Es que tienes al Espíritu Santo enteramente de tu parte
¿Quién soy yo para no abrazarte? Sal Terrae 113 2025. Pgs.336-37.