

Lc 17,5-10.
En aquel tiempo, los apóstoles le dijeron al Señor:
«Auméntanos la fe».
El Señor dijo: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar», y os obedecería. ¿Quién de vosotros, si tiene un criado labrando o pastoreando, le dice cuando vuelve del campo: “Enseguida, ven y ponte a la mesa”? ¿No le diréis más bien: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después Comerás y beberás tú”?
¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: “Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”».
Franz Jalics sostiene que la fe no es la misma para todos ni todas las etapas de la vida, sino que evoluciona, crece, se estanca o incluso muere y se renueva.
“Señor Jesús, auméntanos la fe”. Una oración que todo discípulo la ha hecho y la hacemos: aumenta, añade, fortalece nuestra fe; es tan pequeña, tan frágil.
La fe no es un «regalo» que llega de afuera; es mi respuesta a los dones de Dios, mi respuesta a
su amoroso cortejo.
He visto, discípulos del Nazareno, que entregan su vida para decir con sus vidas “Dios vive”. He visto madres y padres resucitados tras la muerte de un hijo; personas discapacitadas con ojos brillantes como estrellas, monjas que con sencillez, oran y alaban a Dios cada día.
El servicio es más verdadero que sus resultados, más importante que su reconocimiento. En este mundo que habla el lenguaje del lucro, eligiendo el lenguaje de la generosidad; en un mundo que sigue la lógica de la guerra, eligiendo el camino de la paz. San Agustín se expresa así: “Aquello de lo que en conciencia no dudo, Señor, es que te amo. Tu palabra me ha herido el corazón, y yo te he amado… (Confesiones X, 6)