

Jn 3,13-17.
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»
“Tanto amó Dios al mundo”. Este es el corazón ardiente del cristianismo, la síntesis de la fe: «Donde está tu síntesis, allí está también tu corazón» (Evangelii Gaudium 143). Fiesta de la Exaltación de la Cruz, en la que el cristiano une las dos caras de un mismo acontecimiento: la Cruz y la Pascua, la cruz del Resucitado con todas sus llagas, la resurrección del Crucificado con toda su luz.
Nada se perderá: ningún gesto de amor, ningún coraje, ninguna perseverancia, ningún rostro. Ni siquiera la más pequeña brizna de hierba. Porque toda la creación clama, proclama su grandeza.
Este Dios sufre en la carne de los hambrientos, torturados y humillados de la tierra. Está siempre en nosotros para convertirnos en su “mano alargada”. Mira a Cristo, y recibe su amor.
Lee, medita, ora, contempla.